Archivos mensuales "June, 2004"
Jun
10

Más que 22 hombres y un balón

By Lee  //  Posts  //  1 comentario

Pasé toda la semana pasada tratando de entender porqué un país podía entusiasmarse tanto por una ilusión, bastante loca por lo demás. Me refiero a todo lo que rodeó al partido de Chile y Brasil, que se jugó este fin de semana. Y es que alguien llegue a mostrar brillo en sus ojos ante la posibilidad de que el plantel de Olmos haga rendirse a los pentacampeones, no deja de ser curioso, cuando las estadísticas y la historia futbolera echan por tierra esa idea. La gente es inteligente, eso lo sé, por eso me causaba tanta extrañeza ver el domingo cómo, banderas de Arica a Punta Arenas, flameaban bajo un C-H-I de tantos hinchas que aseguraban un triunfal 2-0.

Ese mismo sábado, se dieron cita varios equipos que aseguraban una tarde futbolera de lujo, o al menos eso esperaba todo telespectador de Argentina v/s Paraguay, dos equipos de peso en Latinoamérica, que irónicamente no fueron capaces de hacer entrar la pelota al arco, ni siquiera al palo. Con eso comencé a entender algo que cierto comentarista deportivo dijo una vez: El fútbol es un deporte en el que cualquier cosa puede pasar, incluso que pequeños derroten a grandes. Y tenía razón, nadie hubiese esperado que en tan corto plazo, nuestros hermanos trasandinos fuesen apabullados de tal manera, al parecer ya no se trata de la potencia de antaño, ahora quizás no será tan difícil dirimir si Brasil o Argentina es mejor.

Luego, otro partido, Perú v/s Venezuela, la verdad yo tenía cero expectativas con el encuentro, pero mi papá, con tono sabio, me dijo “Ve jugar a Perú, lo hacen mejor que Chile” No pude evitar decirle “¿Y porqué llevan siempre tan pocos puntos?”, a lo que, sabiamente otra vez, me respondió “Es que tienen una suerte rara…” Al final, el marcador no varió del partido previo, lo cual ya era estrambótico, algo que me hacía pensar que una extraña sorpresa aún quedaba.

Siguiente batalla: Colombia v/s Uruguay (asumieron ya que no tenía nada importante que hacer ese día, verdad?) Aquí si que no tenía mucha idea de qué pasaría, por cuestión de saber el resultado dejé la TV prendida, y con cada gol no podía creer que después de 2 partidos, que “aseguraban” goles, se presentara un plantel colombiano que lanzara 5 granadas sobre un moribundo arco uruguayo, sin recibir contraataque alguno.

En fin, tras esa loca, pero entretenida tarde (porque desde niña disfruto comentar con mi papá el juego del balón-pie) se venía, según yo, la desilusión total, no por querer ser aguafiestas, pero es que qué más podría esperar de un equipo con tantos ausentes y lesionados, de un oponente líder en la tabla y que ha ganado el Mundial más veces que ningún otro, con el “monstruo” Ronaldo (podrán decir que ahora está gordo, pero eso no le quita el arte de hacer goles) Mi mamá incluso decía que le daba pena toda la gente que se entusiasmaba tanto con el partido si al final iban a perder.

Suena el silbato y comencé a tragarme las palabras… ¿acaso estaba viendo el partido correcto? ¿Chile ATACABA a Brasil?… No lo podía creer… en todas las eliminatorias no había visto tan buen desempeño de La Roja, estaban alimentando las esperanzas de 15 millones de personas, sí, porque quiéranlo o no, no hay otro deporte que llene a nuestro país de tanta emoción. Lo que llamó mi atención fue darme cuenta que sin tener un trabajo en la cancha notable, Brasil asegura sus goles (bueno, EL gol), casi como si fuera parte del contrato. Por primera vez concordé con quienes se escudan diciendo “creo que lo hicimos muy bien, merecíamos más”

Antes de terminar el partido, cuando ya el desempeño era un gran consuelo, mi papá me dijo “la única opción que tiene Chile es un penal” y le encontré toda la razón, porque en el primer tiempo, el debutante de la camiseta 22, Luis Fuentes, opuso una muralla de resistencia al monstruo, que terminó siendo sólo un fantasma; en el segundo tiempo, en tanto, el fantasista Pizarro ya había tratado por todos los medios de hacer pases a Galaz y Navia, que terminaban en las alturas de Dida; el karma pesaba… ni con todas las armas, podíamos ganar la batalla. Pero, tal como si fuese Nostradamus, las palabras proféticas de mi padre, se hicieron realidad… Luis Faviano nos regaló el preciado penal. Eran tantos los nervios, que no fuimos capaces de ver al Choro Navia patear el balón… pero bastaron las voces al unísono del Nacional, para enterarnos que habíamos logrado el empate, pero no cualquier empate… es aquel que tiene sabor a triunfo, algo que, presumo, sólo ocurre en Chile.

Fue uno de esos partidos que me quedarán por mucho tiempo en el baúl de los recuerdos, como el de Chile e Inglaterra, porque fueron verdaderas hazañas. Este en especial, lo recordaré por las agallas que mostraron los 11 guerreros vestidos de rojo, azul y blanco, y por lo lindo que fue conocer un fútbol donde todos quedan felices, porque aun cuando los “verdeamarellos” no se llevaron los 3 puntos, en cada abrazo o palmada de Roberto Carlos (todo un caballero del deporte) se respiraba un aire de “todos ganamos”, especialmente, los entusiastas hinchas.

Puedo retomar la ilusión de niña, donde ningún partido de La Roja me lo perdía, cuando ni siquiera una derrota me desanimaba a seguir diciendo, así como el niño del comercial de Coca-Cola, “yo creo en La Roja… digan lo que digan”.

Jun
10

Más que 22 hombres y un balón

By Lee  //  Posts  //  1 comentario

Pasé toda la semana pasada tratando de entender porqué un país podía entusiasmarse tanto por una ilusión, bastante loca por lo demás. Me refiero a todo lo que rodeó al partido de Chile y Brasil, que se jugó este fin de semana. Y es que alguien llegue a mostrar brillo en sus ojos ante la posibilidad de que el plantel de Olmos haga rendirse a los pentacampeones, no deja de ser curioso, cuando las estadísticas y la historia futbolera echan por tierra esa idea. La gente es inteligente, eso lo sé, por eso me causaba tanta extrañeza ver el domingo cómo, banderas de Arica a Punta Arenas, flameaban bajo un C-H-I de tantos hinchas que aseguraban un triunfal 2-0.

Ese mismo sábado, se dieron cita varios equipos que aseguraban una tarde futbolera de lujo, o al menos eso esperaba todo telespectador de Argentina v/s Paraguay, dos equipos de peso en Latinoamérica, que irónicamente no fueron capaces de hacer entrar la pelota al arco, ni siquiera al palo. Con eso comencé a entender algo que cierto comentarista deportivo dijo una vez: El fútbol es un deporte en el que cualquier cosa puede pasar, incluso que pequeños derroten a grandes. Y tenía razón, nadie hubiese esperado que en tan corto plazo, nuestros hermanos trasandinos fuesen apabullados de tal manera, al parecer ya no se trata de la potencia de antaño, ahora quizás no será tan difícil dirimir si Brasil o Argentina es mejor.

Luego, otro partido, Perú v/s Venezuela, la verdad yo tenía cero expectativas con el encuentro, pero mi papá, con tono sabio, me dijo “Ve jugar a Perú, lo hacen mejor que Chile” No pude evitar decirle “¿Y porqué llevan siempre tan pocos puntos?”, a lo que, sabiamente otra vez, me respondió “Es que tienen una suerte rara…” Al final, el marcador no varió del partido previo, lo cual ya era estrambótico, algo que me hacía pensar que una extraña sorpresa aún quedaba.

Siguiente batalla: Colombia v/s Uruguay (asumieron ya que no tenía nada importante que hacer ese día, verdad?) Aquí si que no tenía mucha idea de qué pasaría, por cuestión de saber el resultado dejé la TV prendida, y con cada gol no podía creer que después de 2 partidos, que “aseguraban” goles, se presentara un plantel colombiano que lanzara 5 granadas sobre un moribundo arco uruguayo, sin recibir contraataque alguno.

En fin, tras esa loca, pero entretenida tarde (porque desde niña disfruto comentar con mi papá el juego del balón-pie) se venía, según yo, la desilusión total, no por querer ser aguafiestas, pero es que qué más podría esperar de un equipo con tantos ausentes y lesionados, de un oponente líder en la tabla y que ha ganado el Mundial más veces que ningún otro, con el “monstruo” Ronaldo (podrán decir que ahora está gordo, pero eso no le quita el arte de hacer goles) Mi mamá incluso decía que le daba pena toda la gente que se entusiasmaba tanto con el partido si al final iban a perder.

Suena el silbato y comencé a tragarme las palabras… ¿acaso estaba viendo el partido correcto? ¿Chile ATACABA a Brasil?… No lo podía creer… en todas las eliminatorias no había visto tan buen desempeño de La Roja, estaban alimentando las esperanzas de 15 millones de personas, sí, porque quiéranlo o no, no hay otro deporte que llene a nuestro país de tanta emoción. Lo que llamó mi atención fue darme cuenta que sin tener un trabajo en la cancha notable, Brasil asegura sus goles (bueno, EL gol), casi como si fuera parte del contrato. Por primera vez concordé con quienes se escudan diciendo “creo que lo hicimos muy bien, merecíamos más”

Antes de terminar el partido, cuando ya el desempeño era un gran consuelo, mi papá me dijo “la única opción que tiene Chile es un penal” y le encontré toda la razón, porque en el primer tiempo, el debutante de la camiseta 22, Luis Fuentes, opuso una muralla de resistencia al monstruo, que terminó siendo sólo un fantasma; en el segundo tiempo, en tanto, el fantasista Pizarro ya había tratado por todos los medios de hacer pases a Galaz y Navia, que terminaban en las alturas de Dida; el karma pesaba… ni con todas las armas, podíamos ganar la batalla. Pero, tal como si fuese Nostradamus, las palabras proféticas de mi padre, se hicieron realidad… Luis Faviano nos regaló el preciado penal. Eran tantos los nervios, que no fuimos capaces de ver al Choro Navia patear el balón… pero bastaron las voces al unísono del Nacional, para enterarnos que habíamos logrado el empate, pero no cualquier empate… es aquel que tiene sabor a triunfo, algo que, presumo, sólo ocurre en Chile.

Fue uno de esos partidos que me quedarán por mucho tiempo en el baúl de los recuerdos, como el de Chile e Inglaterra, porque fueron verdaderas hazañas. Este en especial, lo recordaré por las agallas que mostraron los 11 guerreros vestidos de rojo, azul y blanco, y por lo lindo que fue conocer un fútbol donde todos quedan felices, porque aun cuando los “verdeamarellos” no se llevaron los 3 puntos, en cada abrazo o palmada de Roberto Carlos (todo un caballero del deporte) se respiraba un aire de “todos ganamos”, especialmente, los entusiastas hinchas.

Puedo retomar la ilusión de niña, donde ningún partido de La Roja me lo perdía, cuando ni siquiera una derrota me desanimaba a seguir diciendo, así como el niño del comercial de Coca-Cola, “yo creo en La Roja… digan lo que digan”.

Jun
6

Mal pandémico

By Lee  //  Posts  //  2 comentarios

Nadie me puede negar que alguna vez en su vida, ha conocido a un individuo X sin percibir, casi como por gracia de don esotérico, una “vibración”, sea ésta buena o mala. En el caso de ser una buena vibra… excelente!… la persona nos caerá flor, pero… qué pasa cuando la primera mirada que nos une a este ser está acompañada de un dolor de estómago? Lamentablemente, la experiencia dice que esa mala espina del primer encuentro marcará toda referencia futura que hagamos hacia esa persona. Por supuesto que hay casos de parejas y de amigos del alma que al instante de conocerse se odiaban, revirtiendo la situación tras conocerse mejor.

Será quizás eso, el conocerse más de cerca, lo que terminaría de una vez por todas con el clásico “me repugna, lo odio, me cae como pata´a en la guata… pero no sé por qué” Sin embargo, nuestro insensato orgullo humano, hace que eso sea poco probable, porque confiamos en la idea de que nuestro instinto nunca falla, que si nuestro olfato nos dijo que el tipo tenía mala sangre en verdad así era; SIEMPRE tenemos la razón…

Algunas veces, nuestro prejuicio se basa en aspectos concretos, como el vestuario, color de piel, contextura física, etc., situación que se da con frecuencia en la descalificación que sufren quienes son rechazados de empleos, haciendo caso omiso a sus capacidades. Otras veces, en cambio, es el mero feeling el que manda, porque bastan unas pocas palabras, incluso un hola, o un sólo gesto, para dictar nuestra fatídica sentencia.

Mi sexto sentido la mayoría de las veces no ha fallado, sobretodo cuando mi madre apoya lo que pienso de alguien que recién ubico, lo cual puede tener sus pro, pero también sus contra… últimamente doy cabida en mis cavilaciones a la posibilidad de estar equivocada frente a la percepción de terceros, pero qué difícil es considerando que la primera impresión es tan decidora.

Las personas, ajenas a familia, que más estimo, contaron con un signo de aprobación de carácter mágico en el primer encuentro.

Pensándolo bien, y por fortuna, me sobran dedos en una mano para contar las personas que, debido a la mala espina, me dan tercianas cuando se me acercan. No es algo que me enorgullezca, en lo absoluto, pero es fruto de la imperfección humana… (o al menos quiero creerlo para quedarme tranquila y no sentirme un mounstro)

Esta tarde, en MSN, intercambié unas pocas palabras con una adolescente X, era la primera vez que interactuábamos, y aun cuando un computador no reemplaza a un frente a frente, me cayó bomba la niñita. Me cuesta creer que el sólo hecho de presentarse (quizás la forma en que lo hizo), sea motivo para que ya le tenga bronca. El porqué no lo tengo muy claro, supongo que por eso es prejuicio, o bien las razones que me llevan a pasarla con todos los gastos pagados a la isla de los rechazados, son tan insensatas y vergonzantes que ni yo misma quiero saberlas.

Fuera de lo absurdo que pueda ser para un común mortal sentir prejuicios por quienes ve pasar, el tema es más grave cuando se trata de situaciones en las que por ningún motivo debes serlo, por ejemplo, cuando se trata de seleccionar personas para alguna actividad (trabajo, temas de estudio, formar un grupo, etc.) Me da tristeza ver como nuestro país se caracteriza por eso; sin ir muy lejos, el otro día iba en la micro y subió un matrimonio peruano, por arte de magia surgió el maldito murmullo generalizado.

Lo asumo, soy una más de las contagiadas con el pandémico prejuicio (por suerte no en su máxima expresión)… alguien tiene la cura milagrosa???

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