De pelusas y recuerdos
Hoy pretendía ponerme a estudiar cardiología para el martes, pero el grito de mi pieza diciéndome cual vidrio trasero de jeep de rally por favor límpiame recibió acogida y unas pocas horas atrás (son las 18:45) logré ordenar mis aposentos. Lo primero que hice en la mañana, mientras veía la clasificación de Chile al grupo mundial de Copa Davis (Impossible is nothing) fue sacar mis cajones del closet y sacar toda la ropa que guardaba, porque ya no cabía un alfiler gracias a la forma en que la amontono, si me diera un par de segundos para doblar la ropa en forma decente quizás no habría llegado al límite de closet estilo Los Picapiedras. Bueno, más vale tarde que nunca.
Creo que gané un 40% de espacio gracias a que saqué todo lo que era adhoc al frío y crudo invierno: guantes, gorros, bufandas, chalecos gruesos. Eso es lo que me agrada de la ropa veraniega, que no hace tanto bulto.
Luego ataqué un mueble lleno de libros y cuadernos tanto míos como de mi hermana. Es tragicómico, pero de los 3 espacios que hay, 2 los ocupa la Valeria, seguramente porque en básica se ocupan mil y un materiales más que en la universidad; todavía tengo en la memoria esas bolsas de cada lunes para técnico manual llenas de elementos típicos de la materia (lana, tela, pegamento, palitos de helado, papel en todas sus variedades, varitas de madera, alambre, incluso tierra); ahora la Vale sufre ese karma. Así me quedo con un pequeño bloquecillo que aloja una carpeta reventada de fotocopias (nunca sacaré la cuenta de cuánto dinero he gastado en esos papeles… me daría ataque), 4 cuadernos universitarios, 2 libros de ejercicios que ocupé el semestre pasado en orgánica, mi agenda del Sr de los Anillos y de la UC, entre unas pocas cosas más. Era menester entonces dar un orden mínimo, aunque sea para descartar presencia arácnida (suerte que no encontré alguna)
Tras sacudir por aquí y por allá, y aspirar la alfombra, me lancé sobre mi tercer objetivo, el velador. No es muy grande, pero guarda cada cosa… todas esas supercherías que se pueden imaginar, muchas de ellas clásicas de ferias artesanales: pinches, aros, collares, lápices, cosméticos (y pensar que usaré con suerte el 10% de ellos), cremas, la agenda del entrenador pokemón, un feerby en desuso, velas, peluchitos, por nombrar algo. Es como si fuera mágico, no sé cómo no revienta.
Creo que ahora empiezo a entender un poco a mi abuelita. Ella es reina de los cachureos, siempre la hemos molestado diciendo que si pusiera en venta todas sus pertenencias (y quizás sólo la mitad) se haría millonaria. Tiene un mundo infinito y desconocido en su enorme closet, si hasta podría tener un muerto y nadie lo sabría… jajaja. Pero nadie se puede quejar, porque siempre tendrá lo que andas buscando, saca sus bolsas a lo Félix El Gato y sale lo que necesitas.
Cada vez que hacemos un “inventario” de sus cosas, con el fin de ordenarle y hacerle espacio, le preguntamos el porqué no bota el 70% de lo que tiene, si ni se acuerda que existen. Nunca nos da una respuesta convincente.
En mi caso, creo que el espíritu cachurero, que algunos tenemos, nos hace conservar objetos que, aunque no usamos, la carga en recuerdos que traen es tanta que es como traición botarlos. En un cofrecito que tengo, guardaba un masticable que hace años me regaló mi mejor amigo, lo divertido es que hace como un mes me dí cuenta que se había derretido, así que lo tuve que botar.
Y hablando de recuerdos, tengo una bolsa grande, de esas de regalo, que contiene una caja reventada de cartas que recibía durantes mis años Serenenses, habrán unas 200, también está la blusa que me rayaron en 4° medio, stickers y algunos dibujos. Podría estar un día entero revisando sólo esa bolsa y retrocediendo en el tiempo. Me causa nostalgia ver algunas dedicatorias que tengo en una agenda, típicas promesas de mantendremos el contacto que por desgracia sucumben con el pasar del tiempo. Soy de esas personas que les encanta reencontrarse con entes significativos del pasado, como los compañeros de curso, o mejor aún, conservar lo más intacto posible el lazo de unión; pero me he dado cuenta que es demasiado difícil, tanto por el factor distancia como por los cambios inexorables que todos sufrimos, es el precio de optar por caminos distintos.
Imposible que en 50 años más tendré en mi poder todas las cosas que hoy ordené, pero estoy 100% segura que algunas de ellas, como las cartas y esa agenda de dedicatorias, estarán ahí, para cuando quiera echar un largo vistazo al pasado. Prefiero tener esos objetos en un mueble y tener que sacudirlos de vez en cuando, a que desaparezcan de mi memoria todos esos recuerdos, cubiertos del polvo que el paso del tiempo deja en nuestras vidas.

.. jajaja.. está bien ordenar de vez en cuando pues Srta.Lee….
Eso por ahora.
Pero siempre uno va dejando cosas que a la vuelta de los años se vuelven imprescindibles no importa que guardadas estén, “esa mesa ese espejo y esos cuadros guardan ecos del eco de tu voz” Tango ¿”no habra ninguna”?
El paso de Chile al grupo mundial.
Hasta antes del fin de semana pasado era toda una promesa, se acuerdan?
Anti Señor Lee
Ay, me hace falta un orden de esos hace rato… uf, la enfermedad de los periodistas es que archivamos y archivamos y recortamos y guardamos y cuando tenemos los papeles hasta el cuello clasificamos…
¡Saludos Señorita!
Me había parecido que había sido una semana muy rara!
Un abrazo
Los cachureos son nuestra biografía física.
Pero ya dos veces en mi vida me he deshecho de todo a consciencia, para poder partir de nuevo.
Una vez me quedé sólo con cuatro libros.
La segunda con algunos CDs y casettes.
¿La embarré?
No sé. Así son las cosas, así vienen y así se van.
Y no sé, qué quise decir con eso.
hola srta lee:
creo haber sentido el olor al polvo en suspension en aquellos dias que me acerque a su hogar y vi algunas cosillas mas ordenadas de lo habitual.
realmente es muy bueno “reordenarse” no tanto espacialmente sino dentro de nuestras mentes como un elemento mas para encaminarse mejor en nuestras vidas y recordad viejos momentos.
adios.
Los cachureos la llevan, yo guardo y guardo hasta ke en algún momento digo ¿y esto, de ke era? o sea, cuando pierden significado las cosas, las boto… aunke el esfuerzo mental y emocional para tratar de acordarme me deja muerto… por eso no ordeno!!!! jajajajaja
besito
Bonjour mademoiselle Lee, si te decides a hacer una pyme de aseo y orden a domicilio… seré tu primer cliente, y nos vamos a entretener harto contando historias de lo que era esto y esto otro… y hay muuuuucho que ordenar.
Yo tengo dos dormitorios repletos, limpio mucho y guardo o archivo mucho más, mi problema es que ademas de profe soy artista, entonces tengo todos los libros educativos que me puedan servir, pruebas viejas y nuevas sin revisar, tranajos varios de los niños y ademas mis dibujos y poesías pegados por las paredes, llenando cajones, las pinturas y bocetos llenos de polvo en algun lugar del escritorio amontonados, revistas de literatura… UF… es un aco, pero un asco significativo…
(¯`¤Marcos [El Profe]¤´¯)
Cuando uno ordena, como que también ordena un poco su cabeza… Esos tesoritos que mencionas al final ojalá siempre los conserves. Yo he leído diarios de vida y agendas mías de cuando tenía 12, 15 años… y me río mucho. Guardo tarjetas, entradas de conciertos o de cine, encitados de matrimonios, cartas, por supuesto (tengo un turro de cartas de una amiga que murió, un recuerdo tangible de lo alegre que era…) y fotos. Y libros y cuadernos… cuando pasaba el huracán “Madre” perdía cosas que quería conservar… pero ya no permito más su paso.
Y cuando logras ordenar todo, quedas con la sensación de deber cumplido, limpieza y orden, y un despeje que se te contagia… Ahora, lo que cuesta mucho trabajo es mantenerlo así.
Cariños, y ánimo con la práctica. “Echando a perder se aprende”, aunque cuando el objeto de la práctica son los seres humanos, así tan directamente… uf.